La actriz Ivonne Frayssinet aspirante a Teniente Alcaldesa por Cambio Radical (CR) no puede asumir la candidatura a la Alcaldía de Lima, tras la decisión del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) de excluir a Alex Kouri de la carrera electoral municipal; de acuerdo a las normas, la Lista de Cambio Radical (CR) al municipio de Lima continúa vigente, pero sin un candidato al cargo de Alcalde, ya que los plazos para reemplazar a los candidatos vencieron, en conclusión Cambio Radical (CR) corre sin candidato a la alcaldía y solamente con regidores.
Ivonne Frayssinet no puede asumir el rol de candidata a Alcalde, porque la Resolución No. 247-2010 del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) precisa que el reemplazo de una candidatura, con miras a las elecciones del próximo 3 de octubre, se debió realizar antes del 5 de julio pasado. Si la tacha, como ha sido declarada fundada, las organizaciones políticas podrán reemplazarlo hasta el 5 de julio de 2010; no cabe reemplazo alguno después de esa fecha. "El candidato reemplazante debe satisfacer los requisitos de ley para la inscripción de su candidatura", señala el Art. 17 de la norma del Jurado Nacional de Elecciones (JNE). En el hipotético caso de que Cambio Radical (CR) gane las elecciones municipales en Lima, la Ley Orgánica de Municipalidades si le faculta al Teniente Alcalde asumir el cargo de Alcalde.
Lo extraño es que la actriz declaró en una entrevista a un diario local que ella estaba "capacitada para entrar a política y de asumir el reto de reemplazar a Kouri". Frayssinet fue respaldada por el vocero de Cambio Radical (CR) y Alcalde de Surquillo, Gustavo Sierra. El Jurado Nacional de Elecciones (JNE) resolvió que Kouri ya no será candidato tras aprobar la tacha por no residir por dos años en Lima, requisito fundamental para participar en las elecciones del 3 de octubre. Y en menos de 48 horas Yvonne Frayssinet renunció a postular -debido a que fue invitada a participar en la lista de Kouri y no para encabezar la campaña electoral- ahora la posta la toma el ex-hombre clave del fenecido régimen fujimontesinismo, Fernán Altuve Febres, quien se desempeñó como congresista; tras la fuga del ex-mandatario se distanció de los fujimoristas porque, según se comentaba, integraba el sector que apoyaba al ex-asesor presidencial, Vladimiro Montesinos.
En la lista de regidores con los que postulaba Kouri están el hijo de José Barba Caballero, José Barba Obando y Martha María Obando Morgan (cuñada de Barba Caballero) y, dueño del partido por el que postulaba Alex Kouri, o sea dueño de Cambio Radical (CR). Ahora ya sabemos cuál fue el precio que pidió Barba para alquilar su vientre del Partido a Kouri.
Además están: Fernán Romano Altuve-Febres Lores, ex-congresista fujimorista, amigo de Antauro Humala y uno de los principales aliados de Cipriani contra la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), Deborah Carmen Inga Zapata, Jefa de Prensa de Antauro Humala, el General PNP ® Héctor Hernán Jhon Caro, alto jefe policial de la época de Fujimori y Javier Ocampo Ponce, nada menos que esposo de Martha Chávez, fujimorista acérrima; como diría la actriz desembarcada "Al fondo... hay sitio".
viernes, 27 de agosto de 2010
lunes, 9 de agosto de 2010
Tributo a mi Padre
Alfredo Vignolo Maldonado
A dos años de tu Partida
28 de julio de 1925 - 14 de Noviembre del 2007
Que rápido ha pasado el tiempo, si parece que fue ayer, cuando por última vez besé su frente y apreté mis manos con las suyas, poco antes que entrara en la quietud Eterna. Tenían la mansedumbre de palomas cansadas y la arrogancia enhiesta, igual que cuando las veíamos traqueteando la antigua máquina de escribir Rémington, que siempre sonaba en el escritorio de la casa y que hoy sólo suena silenciosa en nuestras mentes, en el recuerdo ido. Mi padre, Don Alfredo, no está físicamente con nosotros, lo llevamos en nuestro corazón, mente y pensamiento, como una presencia latente y permanente, por todo lo que él fue, como padre, esposo, abuelo y amigo.
Su palabra siempre fue muy cauta, franca y docta, tanto que traslució perfectamente su pensamiento, sin remiendos ni ocultación. La tarea magisterial en la que estuvo embebido por más de medio siglo, es la más rica y vasta fuente testimonial de su notable personalidad y entrega hacia los demás.
Así fue mi padre, Don Alfredo, a quienes familiares, amigos y exalumnos le rendimos meritísimo homenaje por su dedicación al Periodismo y por el aporte que ofrendó durante casi sesenta años de constante enseñanza humanista, valores aprendidos, conservados y compartidos desde que los recibió de niño, en su hogar, donde mi abuelo Don Alfredo Vignolo Boluarte, animaba tertulias familiares igualmente su madre, mi abuela María Delia Maldonado de Vignolo.
Él ha muerto, en fase insoslayable de su destino. Pero allí está su espíritu en cada libro, en cada artículo que escribió, auténtico, inconfundible, en la obra que lo perenniza por siempre, como antorcha del periodismo decente y ético que perdurará en el tiempo conmigo y con mi hijo Francesco, en las tres generaciones de Vignolo periodistas, pero jamás podremos ser más de lo que él fue, un apóstol del Periodismo.
Ya no lo vemos más en el escritorio de la casa leyendo algún libro con el fiel “Negro”, su engreído o en el jardín de la chola, como le decía a mi madre, el amor de toda su vida y que compartió casi por medio siglo, ya no comeremos ravioles o lasagñas y tomaremos vino tinto en una tarde cualquiera, rodeados de lo primordial y básico que es la familia; desde su cúspide de gloria continuó sencillo, generoso, modesto, dueño de una sola ambición, colmada: escribir cada día casi desde el alba, momento de la máxima pureza, de la luz virginal que tanto le entusiasmaba, así como el sol.
Mi padre fue llamado un 14 de noviembre de hace dos años. Sus ojos como el de mi nieta Fiorella que despedían destellos esparcían afecto, amor, bondad, sencillez, ternura y franqueza con cada palabra que brotaba de sus labios, se cerraron inexorablemente para siempre, en ese sueño de ensueño que es la muerte, para estar sentado a la diestra del Señor.
Murió pobre, pero feliz, porque nunca quiso ser rico. Él tenía la riqueza adentro, en sí mismo; era la riqueza que le saciaba con esplendidez: escribir, dictar clase, enseñar, era su arte, el regocijo espiritual que disfrutaba y compartía y que es deber mío y de mi hijo Francesco y los hijos de mis hijos continuar en esta brega generacional de mantener el apellido ligado al Periodismo, por el sendero de la docencia y la decencia, no en lo que se ha convertido ahora, en bazofia en donde los valores y principios no valen y la ética no es tomada en cuenta para nada.
Don Alfredo fue un hombre de paz, concordia y tolerancia, cualquiera sea el acontecimiento que ocurra. Pensó y actuó en sintonía perfecta con su conciencia, buscando el equilibrio que asegure el deber ser, el resplandor de la razón, la necesaria armonía y el valor de la justicia.
Querido papá en nombre de mi madre, hermanos, nietos y bisnieta gracias por tanto que recibimos de ti, te queremos mucho, tu luz siempre nos alumbrará, aunque haya nubarrones, tu antorcha perdurará por siempre con nosotros.
Mi agradecimiento a ustedes por acompañarnos esta noche, muchas gracias.
Tu hijo Alfredo, Giuliana y Luis Fernando, tus nietos Francesco, Giorgio, Stefanno, Giancarlo, Gianella y Luciano y tu nieta Fiorella.
A dos años de tu Partida
28 de julio de 1925 - 14 de Noviembre del 2007
Que rápido ha pasado el tiempo, si parece que fue ayer, cuando por última vez besé su frente y apreté mis manos con las suyas, poco antes que entrara en la quietud Eterna. Tenían la mansedumbre de palomas cansadas y la arrogancia enhiesta, igual que cuando las veíamos traqueteando la antigua máquina de escribir Rémington, que siempre sonaba en el escritorio de la casa y que hoy sólo suena silenciosa en nuestras mentes, en el recuerdo ido. Mi padre, Don Alfredo, no está físicamente con nosotros, lo llevamos en nuestro corazón, mente y pensamiento, como una presencia latente y permanente, por todo lo que él fue, como padre, esposo, abuelo y amigo.
Su palabra siempre fue muy cauta, franca y docta, tanto que traslució perfectamente su pensamiento, sin remiendos ni ocultación. La tarea magisterial en la que estuvo embebido por más de medio siglo, es la más rica y vasta fuente testimonial de su notable personalidad y entrega hacia los demás.
Así fue mi padre, Don Alfredo, a quienes familiares, amigos y exalumnos le rendimos meritísimo homenaje por su dedicación al Periodismo y por el aporte que ofrendó durante casi sesenta años de constante enseñanza humanista, valores aprendidos, conservados y compartidos desde que los recibió de niño, en su hogar, donde mi abuelo Don Alfredo Vignolo Boluarte, animaba tertulias familiares igualmente su madre, mi abuela María Delia Maldonado de Vignolo.
Él ha muerto, en fase insoslayable de su destino. Pero allí está su espíritu en cada libro, en cada artículo que escribió, auténtico, inconfundible, en la obra que lo perenniza por siempre, como antorcha del periodismo decente y ético que perdurará en el tiempo conmigo y con mi hijo Francesco, en las tres generaciones de Vignolo periodistas, pero jamás podremos ser más de lo que él fue, un apóstol del Periodismo.
Ya no lo vemos más en el escritorio de la casa leyendo algún libro con el fiel “Negro”, su engreído o en el jardín de la chola, como le decía a mi madre, el amor de toda su vida y que compartió casi por medio siglo, ya no comeremos ravioles o lasagñas y tomaremos vino tinto en una tarde cualquiera, rodeados de lo primordial y básico que es la familia; desde su cúspide de gloria continuó sencillo, generoso, modesto, dueño de una sola ambición, colmada: escribir cada día casi desde el alba, momento de la máxima pureza, de la luz virginal que tanto le entusiasmaba, así como el sol.
Mi padre fue llamado un 14 de noviembre de hace dos años. Sus ojos como el de mi nieta Fiorella que despedían destellos esparcían afecto, amor, bondad, sencillez, ternura y franqueza con cada palabra que brotaba de sus labios, se cerraron inexorablemente para siempre, en ese sueño de ensueño que es la muerte, para estar sentado a la diestra del Señor.
Murió pobre, pero feliz, porque nunca quiso ser rico. Él tenía la riqueza adentro, en sí mismo; era la riqueza que le saciaba con esplendidez: escribir, dictar clase, enseñar, era su arte, el regocijo espiritual que disfrutaba y compartía y que es deber mío y de mi hijo Francesco y los hijos de mis hijos continuar en esta brega generacional de mantener el apellido ligado al Periodismo, por el sendero de la docencia y la decencia, no en lo que se ha convertido ahora, en bazofia en donde los valores y principios no valen y la ética no es tomada en cuenta para nada.
Don Alfredo fue un hombre de paz, concordia y tolerancia, cualquiera sea el acontecimiento que ocurra. Pensó y actuó en sintonía perfecta con su conciencia, buscando el equilibrio que asegure el deber ser, el resplandor de la razón, la necesaria armonía y el valor de la justicia.
Querido papá en nombre de mi madre, hermanos, nietos y bisnieta gracias por tanto que recibimos de ti, te queremos mucho, tu luz siempre nos alumbrará, aunque haya nubarrones, tu antorcha perdurará por siempre con nosotros.
Mi agradecimiento a ustedes por acompañarnos esta noche, muchas gracias.
Tu hijo Alfredo, Giuliana y Luis Fernando, tus nietos Francesco, Giorgio, Stefanno, Giancarlo, Gianella y Luciano y tu nieta Fiorella.
La Libertad de Prensa
Por C. Alfredo Vignolo G. del V.
Periodista
La Libertad de Prensa en todas sus formas en que se le considere cualquiera sea el medio empleado y su práctica responsable es una de las mayores garantías para el Estado de Derecho, la democracia, la justicia, la paz y los derechos humanos.
Para asegurar el fiel cumplimiento de los deberes y derechos del periodista, así como de las empresas o entidades a cargo de los medios de comunicación social, no es suficiente la ley como expresión de Derecho Positivo. La experiencia demuestra que muchas veces la ley trastoca su natural inspiración de lo justo. O el Estado pretende asumir el papel de orientador acerca de cómo se debe ejercer cada una de las importantes funciones de la prensa.
Es entonces cuando se advierte la conveniencia de que los propios periodistas y los medios de comunicación social se impongan espontánea, conscientemente, reglas de conducta profesional que regulen el trabajo y sirvan para una autodisciplina, sobre la base de lo más perfecto que puede tener el hombre: la moral. Y ello porque es imposible negar que se suele transgredir esta norma en perjuicio de las personas y de la sociedad, destinataria directa del servicio de la prensa.
Consecuentemente se escogen fórmulas que se agrupan en Códigos de Etica. Su existencia, sin embargo, no ha de ser sólo formal sino funcional, efectiva, real, llevada a la práctica. Su propósito no es asignar sanciones sino evitar la contravención de la guía ética, la cual debe prevalecer sin declinar, para que la prensa cumpla debidamente su inigualable servicio de interés público.
El adelanto tecnológico; el peligroso aumento de acontecimientos que desordenan la convivencia social; los avatares de la ocupación política que suelen perturbar el rol indagador y cautelante del periodismo; y la absurda, complaciente y a veces extraña intromisión de quienes desacreditan el fin superior del periodismo con su ejercicio venal, justifican suficientemente la redacción y puesta en vigencia de principios deontológicos inalterables que ayuden a dilucidar dudas, reconocer y respetar valores y resolver conflictos de conciencia respecto a lo que se debe hacer frente a hechos y circunstancias diversos. En especial a lo que atañe a la información, campo amplísimo y determinante, complicado y decisivo en la labor de la prensa, en la cual hay que poner la máxima calidad profesional, la más acendrada vocación, el desprecio razonable al peligro y la ética más exigente.
Es oportuno asumir conjuntamente el reto de aplicar una sólida orientación ética capaz de contribuir a que la prensa satisfaga con toda amplitud y cabalidad su rol. El periodista tiene el deber ineludible de ser digno de la confianza de la sociedad y de la credibilidad que ha de merecer su palabra.
Periodista
La Libertad de Prensa en todas sus formas en que se le considere cualquiera sea el medio empleado y su práctica responsable es una de las mayores garantías para el Estado de Derecho, la democracia, la justicia, la paz y los derechos humanos.
Para asegurar el fiel cumplimiento de los deberes y derechos del periodista, así como de las empresas o entidades a cargo de los medios de comunicación social, no es suficiente la ley como expresión de Derecho Positivo. La experiencia demuestra que muchas veces la ley trastoca su natural inspiración de lo justo. O el Estado pretende asumir el papel de orientador acerca de cómo se debe ejercer cada una de las importantes funciones de la prensa.
Es entonces cuando se advierte la conveniencia de que los propios periodistas y los medios de comunicación social se impongan espontánea, conscientemente, reglas de conducta profesional que regulen el trabajo y sirvan para una autodisciplina, sobre la base de lo más perfecto que puede tener el hombre: la moral. Y ello porque es imposible negar que se suele transgredir esta norma en perjuicio de las personas y de la sociedad, destinataria directa del servicio de la prensa.
Consecuentemente se escogen fórmulas que se agrupan en Códigos de Etica. Su existencia, sin embargo, no ha de ser sólo formal sino funcional, efectiva, real, llevada a la práctica. Su propósito no es asignar sanciones sino evitar la contravención de la guía ética, la cual debe prevalecer sin declinar, para que la prensa cumpla debidamente su inigualable servicio de interés público.
El adelanto tecnológico; el peligroso aumento de acontecimientos que desordenan la convivencia social; los avatares de la ocupación política que suelen perturbar el rol indagador y cautelante del periodismo; y la absurda, complaciente y a veces extraña intromisión de quienes desacreditan el fin superior del periodismo con su ejercicio venal, justifican suficientemente la redacción y puesta en vigencia de principios deontológicos inalterables que ayuden a dilucidar dudas, reconocer y respetar valores y resolver conflictos de conciencia respecto a lo que se debe hacer frente a hechos y circunstancias diversos. En especial a lo que atañe a la información, campo amplísimo y determinante, complicado y decisivo en la labor de la prensa, en la cual hay que poner la máxima calidad profesional, la más acendrada vocación, el desprecio razonable al peligro y la ética más exigente.
Es oportuno asumir conjuntamente el reto de aplicar una sólida orientación ética capaz de contribuir a que la prensa satisfaga con toda amplitud y cabalidad su rol. El periodista tiene el deber ineludible de ser digno de la confianza de la sociedad y de la credibilidad que ha de merecer su palabra.
La televisión peruana: Ética y derecho a informar
Por: C. Alfredo Vignolo G. del V.
Periodista
La profesión de periodista está regida por principios inalterables, anteriores y superiores a cualquier norma. Aun la ley, como expresión de Derecho Positivo, como norma jurídica obligatoria, no representa siempre tales principios, los cuales sí están inequívocamente en las nociones deontológicas, las cuales no someten a penalidad alguna sino a la sanción más perfecta de la propia conciencia.
El periodismo, como toda profesión que cuida su prestigio y respeta a la sociedad a la que sirve, debe regirse sobre un Código de Ética. El periodista está expuesto a desórdenes de buena fe en la práctica de su trabajo por el apremio constante del tiempo, de los hechos y por el afán de dar la noticia de inmediato, de adelantar su versión a la de otros medios o de hacerla motivadora de la atención pública más amplia y prolongada.
Sin embargo, sobre todos estos afanes, impera la ética como orientadora maestra de cómo hay que actuar en esta tarea tan difícil y delicada que tiene de cátedra y de apostolado, de nobleza, sacrificio y de bastión irreductible de la libertad y de los derechos inviolables de las personas e instituciones.
Por deber moral el periodista no puede escandalizar con su información, inmiscuirse en la intimidad ajena ni causar temor, zozobra, daño, duda o pánico; ni originar perjuicio distorsionando lo que acontece ni con el empleo de lenguaje tremebundo a pesar de referirse a hechos ciertos como la tragedia pública o privada. La omisión de la prudencia suele resultar grave, máxime si se manipula la noticia con irremediable deterioro del prestigio del medio que propala la versión y del periodista que escribe o que de modo precipitado lanza su información sin ningún reparo.
El Derecho a la Información se ejerce sobre la base de la verdad que hay que buscar y comprobar, para asegurarse que el público reciba la versión fidedigna de los hechos, libre de la posición y de la opinión que pueda tener el periodista sobre ellos.
Los noticiarios televisivos se han convertido en programas policiales, la primera siempre, es dolor, tragedia y sangre. Eso no es periodismo, denigra la profesión, nadie dice que se oculte, sin embargo existe la sensibilidad, la ética, la moral, los principios, que no se ve, no puede ser posible que noticiarios habrán la primera noticia con tragedia, el televidente no se merece esto. No es justo sentarse con sus hijos para “disfrutar” lo que haya en la mesa y se alimente de las atrocidades que se transmiten, donde la sangre chorrea a borbotones, donde los gritos y el llanto son el pan de cada día. Y al día siguiente al detenerse a leer un diario, salte en los puestos la misma inmundicia, el Periodismo se está prostituyendo y los periodistas son los responsables, si cada medio tuviese y acogiese un Código de Ética nuestro amanecer sería diferente, ojalá algún día se pueda disfrutar del Periodismo, que realmente merecemos todos
Periodista
La profesión de periodista está regida por principios inalterables, anteriores y superiores a cualquier norma. Aun la ley, como expresión de Derecho Positivo, como norma jurídica obligatoria, no representa siempre tales principios, los cuales sí están inequívocamente en las nociones deontológicas, las cuales no someten a penalidad alguna sino a la sanción más perfecta de la propia conciencia.
El periodismo, como toda profesión que cuida su prestigio y respeta a la sociedad a la que sirve, debe regirse sobre un Código de Ética. El periodista está expuesto a desórdenes de buena fe en la práctica de su trabajo por el apremio constante del tiempo, de los hechos y por el afán de dar la noticia de inmediato, de adelantar su versión a la de otros medios o de hacerla motivadora de la atención pública más amplia y prolongada.
Sin embargo, sobre todos estos afanes, impera la ética como orientadora maestra de cómo hay que actuar en esta tarea tan difícil y delicada que tiene de cátedra y de apostolado, de nobleza, sacrificio y de bastión irreductible de la libertad y de los derechos inviolables de las personas e instituciones.
Por deber moral el periodista no puede escandalizar con su información, inmiscuirse en la intimidad ajena ni causar temor, zozobra, daño, duda o pánico; ni originar perjuicio distorsionando lo que acontece ni con el empleo de lenguaje tremebundo a pesar de referirse a hechos ciertos como la tragedia pública o privada. La omisión de la prudencia suele resultar grave, máxime si se manipula la noticia con irremediable deterioro del prestigio del medio que propala la versión y del periodista que escribe o que de modo precipitado lanza su información sin ningún reparo.
El Derecho a la Información se ejerce sobre la base de la verdad que hay que buscar y comprobar, para asegurarse que el público reciba la versión fidedigna de los hechos, libre de la posición y de la opinión que pueda tener el periodista sobre ellos.
Los noticiarios televisivos se han convertido en programas policiales, la primera siempre, es dolor, tragedia y sangre. Eso no es periodismo, denigra la profesión, nadie dice que se oculte, sin embargo existe la sensibilidad, la ética, la moral, los principios, que no se ve, no puede ser posible que noticiarios habrán la primera noticia con tragedia, el televidente no se merece esto. No es justo sentarse con sus hijos para “disfrutar” lo que haya en la mesa y se alimente de las atrocidades que se transmiten, donde la sangre chorrea a borbotones, donde los gritos y el llanto son el pan de cada día. Y al día siguiente al detenerse a leer un diario, salte en los puestos la misma inmundicia, el Periodismo se está prostituyendo y los periodistas son los responsables, si cada medio tuviese y acogiese un Código de Ética nuestro amanecer sería diferente, ojalá algún día se pueda disfrutar del Periodismo, que realmente merecemos todos
Alfredo Vignolo Maldonado: A UN AÑO DE SU PARTIDA
Por: C. Alfredo Vignolo G. del V.
Periodista
¡Qué difícil es, para quienes escriben diariamente, hacerlo ahora en homenaje al padre, al amigo, al consejero.
De cuna modesta y cristiana, nació, para privilegio de nosotros y de sus amigos. Respondió sin pausa a la noble vocación de enseñar, porque sabía que la mies sería mucha y fértil mediante la palabra enjoyada con su espíritu y la belleza de su verbo.
Fue alumno aprovechado del colegio San José Maristas del Callao. Hombre culto y siempre al día. La bondad de Dios hizo que su magisterio periodístico continuara por más de medio siglo; la casa y el aula resultaron demasiado pequeñas para tanta grandeza suya, por eso lo buscaban con afecto y afán, en pos ya del amigo fraterno y del Maestro incansable, del hombre sabio y orientador, del consejero, su cercanía al Señor lo convirtió en un ser escogido, predestinado, digno de su gloria.
Nos deja a poco de haber cumplido 82 años de edad, disfrutamos de su presencia y de ese don tan elocuente suyo. Hoy, paradoja del destino, volvemos a estar ante él, su familia y sus amigos, pero su palabra es ahora silente, su mirada de hombre bueno se ha ocultado para siempre y sus manos, que estuvieron llenas de afecto, reposan apretando la Cruz y su libro de “Ética Periodística” que fue su signo iluminándonos por siempre con su amor.
Tuvo la responsabilidad de ser esposo, padre, abuelo y bisabuelo, nos inculcó principios y valores supremos que guían nuestro camino. También tuvo la responsabilidad de ofrecernos la noticia y hacer efectivo el Derecho a la Información; así como la inalienable facultad de opinar. El Periodismo, como tal, no es sólo información, sino también docencia y decencia.
Egresó con la Primera Promoción de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica del Perú; obtuvo el Primer Título de Periodista Profesional otorgado en el país por dicha Universidad, un 27 de diciembre de 1948.
El Maestro Vignolo, como lo llamaban, ya no existe. Quienes permanecen en el recuerdo y en el corazón de los que tanto lo quisieron, no han muerto, sólo viven en la cercana lejanía... Pero su ejemplo y su recuerdo lo tienen presente al lado de sus obras y alientan a todas las promociones que egresaron de la Escuela de Periodismo de la Católica, de las cuales hay muchos periodistas quienes ejercen con dignidad, conscientes de ser dueños de una responsabilidad cuyo valor más grande está en el respeto a los principios supremos, a la sociedad y a aquello sin lo cual no puede haber nada bueno: la libertad honrosamente aplicada al escribir o al pronunciar una palabra. Como bien decía “La Prensa no es el Cuarto Poder del Estado, sino el Primer Poder de los pueblos libres”.
Quienes nunca olvidaremos al que fue esposo, padre, abuelo, bisabuelo, amigo ejemplar y noble guía, seguiremos el halo de su tránsito, detenido abruptamente con aquella partida imprevista y prematura en noviembre del año pasado; fuiste amor, ejemplo y alegría, siempre vivirás en nosotros, siempre serás nuestra luz que alumbre nuestro sendero, en nombre propio y de todos los que tanto te quieren y deben, depositamos una oración y por qué no, una lágrima varonil como simbólica flor inmarchitable de todo corazón
Periodista
¡Qué difícil es, para quienes escriben diariamente, hacerlo ahora en homenaje al padre, al amigo, al consejero.
De cuna modesta y cristiana, nació, para privilegio de nosotros y de sus amigos. Respondió sin pausa a la noble vocación de enseñar, porque sabía que la mies sería mucha y fértil mediante la palabra enjoyada con su espíritu y la belleza de su verbo.
Fue alumno aprovechado del colegio San José Maristas del Callao. Hombre culto y siempre al día. La bondad de Dios hizo que su magisterio periodístico continuara por más de medio siglo; la casa y el aula resultaron demasiado pequeñas para tanta grandeza suya, por eso lo buscaban con afecto y afán, en pos ya del amigo fraterno y del Maestro incansable, del hombre sabio y orientador, del consejero, su cercanía al Señor lo convirtió en un ser escogido, predestinado, digno de su gloria.
Nos deja a poco de haber cumplido 82 años de edad, disfrutamos de su presencia y de ese don tan elocuente suyo. Hoy, paradoja del destino, volvemos a estar ante él, su familia y sus amigos, pero su palabra es ahora silente, su mirada de hombre bueno se ha ocultado para siempre y sus manos, que estuvieron llenas de afecto, reposan apretando la Cruz y su libro de “Ética Periodística” que fue su signo iluminándonos por siempre con su amor.
Tuvo la responsabilidad de ser esposo, padre, abuelo y bisabuelo, nos inculcó principios y valores supremos que guían nuestro camino. También tuvo la responsabilidad de ofrecernos la noticia y hacer efectivo el Derecho a la Información; así como la inalienable facultad de opinar. El Periodismo, como tal, no es sólo información, sino también docencia y decencia.
Egresó con la Primera Promoción de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica del Perú; obtuvo el Primer Título de Periodista Profesional otorgado en el país por dicha Universidad, un 27 de diciembre de 1948.
El Maestro Vignolo, como lo llamaban, ya no existe. Quienes permanecen en el recuerdo y en el corazón de los que tanto lo quisieron, no han muerto, sólo viven en la cercana lejanía... Pero su ejemplo y su recuerdo lo tienen presente al lado de sus obras y alientan a todas las promociones que egresaron de la Escuela de Periodismo de la Católica, de las cuales hay muchos periodistas quienes ejercen con dignidad, conscientes de ser dueños de una responsabilidad cuyo valor más grande está en el respeto a los principios supremos, a la sociedad y a aquello sin lo cual no puede haber nada bueno: la libertad honrosamente aplicada al escribir o al pronunciar una palabra. Como bien decía “La Prensa no es el Cuarto Poder del Estado, sino el Primer Poder de los pueblos libres”.
Quienes nunca olvidaremos al que fue esposo, padre, abuelo, bisabuelo, amigo ejemplar y noble guía, seguiremos el halo de su tránsito, detenido abruptamente con aquella partida imprevista y prematura en noviembre del año pasado; fuiste amor, ejemplo y alegría, siempre vivirás en nosotros, siempre serás nuestra luz que alumbre nuestro sendero, en nombre propio y de todos los que tanto te quieren y deben, depositamos una oración y por qué no, una lágrima varonil como simbólica flor inmarchitable de todo corazón
Comentario del Libro Ética Periodística de Alfredo Vignolo M.
Por Manuel Jesús Orbegozo
No es una novedad afirmar que el mundo está yendo a galope tendido sobre un potro desposeído de valores éticos y morales. O sea, no es nuestro país el único del muestrario; ni son sólo nuestras instituciones las que padecen de estas desvalorizaciones. En esta mala racha estamos incluídos todos los que habitamos en este planeta.
El periodismo, por ejemplo, es una de estas instituciones que atraviesan por un período crítico, cuando vemos que circula a campo traviesa e ilimitadamente el llamado “periodismo amarillo” (prensa y talk-shows incluídos) que no se circunscribe a dar fotos de mujeres desnudas y atentar contra la intimidad -que debe ser intocable-, sino para despotricar, mentir, insultar y difamar a instituciones y personas, hasta lindar con el delito.
Lo único que podría poner coto inmediato a estos desmanes es una institución formada por profesionales probos y experimentados, es decir, una especie de amautas o consejeros capaces de enderezar tanta cosa torcida. No la tenemos.
Uno de esos amautas -me he permitido decirlo siempre- sería Alfredo Vignolo Maldonado. un periodista de fuste y de larguísima trayectoria profesional en la comunicación social.
Vignolo, de amplia data y, ahora, en el retiro parcial, no fue un periodista de escritorio. El cubrió informaciones en la calle, que es donde se foguean los verdaderos profesionales. A mi juicio, periodista que no hace calle nunca será un buen periodista poque nunca habrá estado en contacto con la vida, que es donde se nutre el periodismo. Vignolo conoce todas las calles de la ciudad y sus recovecos, pero además, todo el Perú.
Sin embargo, no es en este campo de la información donde Vignolo destacó como un verdadero hombre de prensa, veraz y responsable, sino en el campo de la ética profesional. Todos los que lo conocemos o trabajamos con él podemos afirmar que es un periodista absolutamente incorruptible. Lo demostró en numerosas oportunidades cuando situaciones políticas lo pusieron entre la espada de no seguir fiel a su conciencia, y la pared del desempleo. En casos así, él prefirió lo último.
Sensible siempre a los avatares de la profesión, Vignolo debe sentirse muy dolido de lo que acontece al periodismo limeño, donde todo es un desbarajuste. Y, justamente por eso, pensando en que los principales errores en los que caemos pertenecen a nuestra deontología, es que ha preparado un Código de Ética Periodística que consta de nueve capítulos, todos con una sustentación doctrinaria sesuda, práctica y modernizada.
Considero que es lo más apropiado que se ha puesto hasta hoy sobre la mesa, en lo relacionado con los problemas de los valores éticos y morales de nuestra profesión.
Lógicamente, los contenidos de tales capítulos son susceptibles de ser aumentados o disminuidos o cambiados, si fueran discutidos. Pero, hoy ¿Dónde discutirlos? No tenemos dónde, asi estamos de desinstitucionalizados.
He empleado la palabra «modernizada» porque, en efecto, Vignolo toma en consideración todo lo introducido por la ciencia y la tecnología en la práctica de las Ciencias de la Comunicación. Por ejemplo, habla de disquetes, casetes, videotapes y otros, que hace algunas décadas no existían. Toca puntos candentes de actualidad, por ejemplo, un ítem sobre los «Actos contra la profesión periodística», como el «servirse de material periodístico ajeno, usurpado, sea inédito, confidencial o ya difundido, en cuyo caso es honesto citar las fuentes», o «no acogerse a la Cláusula de Conciencia si la empresa o el medio en que se labora cambia de línea y orientación con la cual no se coincida». Es ético mantener su propia convicción, lo contrario es inmoral y atenta contra el prestigio propio y profesional. «Las creencias y criterios se fundamentan en principios superiores».
Y en deberes para con los colegas, dice el inciso «b) Considerar la reputación de los colegas», y en el «d) Ser solidario con los colegas, no actuar de forma egoísta», todo lo cual, en estos momentos, no se hace, sino al contrario, el desacreditarse los unos a los otros es un deporte sumamente rentable.
En deberes para con la sociedad dice que el periodista está obligado a «a) Respetar el derecho de toda persona a su intimidad. La vida privada es inviolable, salvo el caso extremo de bien y necesidad públicos». Creo que aquí habría que distinguir bien entre los íntimo y lo privado, porque me parece que ambos términos y su semántica son bastante diferentes, aunque lo único indiscutible es «considerar, siempre, el valor de la persona humana».
El código presentado por Alfredo Vignolo Maldonado es un extraordinario esfuerzo doctrinario preparado por un periodista lleno de pasión y fe profesionales. Aunque ahora nadie sería capaz de cumplir tanto ítem, porque todo anda mal, alguna vez los periodistas de las futuras generaciones han de hacerlo si no quieren que «la más hermosa de las profesiones», como dice García Márquez, se vaya al diablo.
No es una novedad afirmar que el mundo está yendo a galope tendido sobre un potro desposeído de valores éticos y morales. O sea, no es nuestro país el único del muestrario; ni son sólo nuestras instituciones las que padecen de estas desvalorizaciones. En esta mala racha estamos incluídos todos los que habitamos en este planeta.
El periodismo, por ejemplo, es una de estas instituciones que atraviesan por un período crítico, cuando vemos que circula a campo traviesa e ilimitadamente el llamado “periodismo amarillo” (prensa y talk-shows incluídos) que no se circunscribe a dar fotos de mujeres desnudas y atentar contra la intimidad -que debe ser intocable-, sino para despotricar, mentir, insultar y difamar a instituciones y personas, hasta lindar con el delito.
Lo único que podría poner coto inmediato a estos desmanes es una institución formada por profesionales probos y experimentados, es decir, una especie de amautas o consejeros capaces de enderezar tanta cosa torcida. No la tenemos.
Uno de esos amautas -me he permitido decirlo siempre- sería Alfredo Vignolo Maldonado. un periodista de fuste y de larguísima trayectoria profesional en la comunicación social.
Vignolo, de amplia data y, ahora, en el retiro parcial, no fue un periodista de escritorio. El cubrió informaciones en la calle, que es donde se foguean los verdaderos profesionales. A mi juicio, periodista que no hace calle nunca será un buen periodista poque nunca habrá estado en contacto con la vida, que es donde se nutre el periodismo. Vignolo conoce todas las calles de la ciudad y sus recovecos, pero además, todo el Perú.
Sin embargo, no es en este campo de la información donde Vignolo destacó como un verdadero hombre de prensa, veraz y responsable, sino en el campo de la ética profesional. Todos los que lo conocemos o trabajamos con él podemos afirmar que es un periodista absolutamente incorruptible. Lo demostró en numerosas oportunidades cuando situaciones políticas lo pusieron entre la espada de no seguir fiel a su conciencia, y la pared del desempleo. En casos así, él prefirió lo último.
Sensible siempre a los avatares de la profesión, Vignolo debe sentirse muy dolido de lo que acontece al periodismo limeño, donde todo es un desbarajuste. Y, justamente por eso, pensando en que los principales errores en los que caemos pertenecen a nuestra deontología, es que ha preparado un Código de Ética Periodística que consta de nueve capítulos, todos con una sustentación doctrinaria sesuda, práctica y modernizada.
Considero que es lo más apropiado que se ha puesto hasta hoy sobre la mesa, en lo relacionado con los problemas de los valores éticos y morales de nuestra profesión.
Lógicamente, los contenidos de tales capítulos son susceptibles de ser aumentados o disminuidos o cambiados, si fueran discutidos. Pero, hoy ¿Dónde discutirlos? No tenemos dónde, asi estamos de desinstitucionalizados.
He empleado la palabra «modernizada» porque, en efecto, Vignolo toma en consideración todo lo introducido por la ciencia y la tecnología en la práctica de las Ciencias de la Comunicación. Por ejemplo, habla de disquetes, casetes, videotapes y otros, que hace algunas décadas no existían. Toca puntos candentes de actualidad, por ejemplo, un ítem sobre los «Actos contra la profesión periodística», como el «servirse de material periodístico ajeno, usurpado, sea inédito, confidencial o ya difundido, en cuyo caso es honesto citar las fuentes», o «no acogerse a la Cláusula de Conciencia si la empresa o el medio en que se labora cambia de línea y orientación con la cual no se coincida». Es ético mantener su propia convicción, lo contrario es inmoral y atenta contra el prestigio propio y profesional. «Las creencias y criterios se fundamentan en principios superiores».
Y en deberes para con los colegas, dice el inciso «b) Considerar la reputación de los colegas», y en el «d) Ser solidario con los colegas, no actuar de forma egoísta», todo lo cual, en estos momentos, no se hace, sino al contrario, el desacreditarse los unos a los otros es un deporte sumamente rentable.
En deberes para con la sociedad dice que el periodista está obligado a «a) Respetar el derecho de toda persona a su intimidad. La vida privada es inviolable, salvo el caso extremo de bien y necesidad públicos». Creo que aquí habría que distinguir bien entre los íntimo y lo privado, porque me parece que ambos términos y su semántica son bastante diferentes, aunque lo único indiscutible es «considerar, siempre, el valor de la persona humana».
El código presentado por Alfredo Vignolo Maldonado es un extraordinario esfuerzo doctrinario preparado por un periodista lleno de pasión y fe profesionales. Aunque ahora nadie sería capaz de cumplir tanto ítem, porque todo anda mal, alguna vez los periodistas de las futuras generaciones han de hacerlo si no quieren que «la más hermosa de las profesiones», como dice García Márquez, se vaya al diablo.
Prólogo del Libro Ética Periodística de Alfredo Vignolo M.
Por Alfonso Grados Bertorini
Desde las primeras frases aparece el Alfredo Vignolo Maldonado integral que al cabo de haberlo leído y releído resulta haciendo del autor el arquetipo en que quisiéramos ver representado a cada ser humano en su quehacer de cada momento para que deje de haber conflicto entre el ejercicio de la Libertad y la búsqueda de la Verdad.
Así lo ha venido inculcando el maestro a sus alumnos y exhortándolo a sus colegas, a lo largo de más de la mitad final del Siglo XX y continúa haciéndolo en el que ya vivimos. Y así también son sus escritos, en los textos y en la prensa, con la penetrante convicción que trata de llegar a la hondura del interlocutor, sin la intromisión impositiva del dogmático; aunque no recate el fuego que brota de su integridad moral para denunciar la grosera violencia del despotismo; la soberbia impudicia de los cínicos, la taimada astucia de los fariseos; y, en fin, la impávida desvergüenza de los corruptos.
La precisión de la identificación de lo que dice que debiera ser con lo que él mismo es y hace bastaría esta piedra angular de la “integralidad” de su pensamiento con su prédica magisterial y su trayectoria profesional: de la página primera de esta obra que siendo un tratado eminente sobre los fundamentos del ejercicio periodístico, es también la versión de sí mismo que hace el periodista cuya vida es ejemplo de lo que define como: ......”capacidad propia del albedrío para reflexionar y elegir libremente entre lo bueno y lo malo del actuar personal en relación con uno mismo y con el prójimo; este último, a quien a veces se ignora, se desprecia y se ofende”.
Resulta obvio que las referencias al deber profesional, respecto a los demás son proclamadas casi como una rutina de compromiso profesional. Lo que no es usual es que, en primer término, se asuma tal obligación moral «con uno mismo», para, a renglón seguido, reafirmarlo categóricamente:
“Moral como signo externo de nivel cultural; también como orden y respeto a lo debido, para lo que debe ser así y no de otra forma; como garantía de certeza en el obrar; como recapacitación sistemática y habitual acerca del profundo y real sentido de la vida y del papel que nos corresponde cumplir. Y Ética como concepción coherente del quehacer ocupacional inmerso en la cotidianidad. Algunos lo llaman Moral Profesional”.
Es natural, entonces, que un hombre compenetrado con los principios que desarrolla en la vasta erudición que constituye el contenido de esta obra, asume el deber de expresarlos en el Código de Ética Periodística que ha merecido el reconocimiento y comprometido la adhesión de las instituciones gremiales que lo entienden como la norma autoasumida para garantizar a la sociedad que la Libertad es un derecho para todos: para quienes lo ejercitan con conciencia de que es indesligable a los que asisten a los otros; y, en consecuencia, sostener sin la soberbia de quienes se asignan fueros de privilegio, la razonabilidad de la confianza social en su ejercicio ético.
La “Ética Periodística” de Alfredo Vignolo sobrepasa la visión circunscrita a una Libertad de comunicación social para informar de la Verdad o difundir la consistencia de los antecedentes, comprobaciones o fundamentos de su aserto.
Me atrevería a decir que es un Código de Vida; macerado a lo largo de una experiencia de periodista y de maestro que puede exhibir la identificación entre Libertad y Verdad en un concepto que cada quien reclama para sí, pero que muy pocos no tendrán que reclamarlo porque ya les fue conferido: Dignidad.
Honrados por su ejemplo, deberíamos los periodistas proponernos que se instituya, con su nombre, una distinción de honor, “A la Dignidad Periodística”, a quienes hayan demostrado merecerlo
Desde las primeras frases aparece el Alfredo Vignolo Maldonado integral que al cabo de haberlo leído y releído resulta haciendo del autor el arquetipo en que quisiéramos ver representado a cada ser humano en su quehacer de cada momento para que deje de haber conflicto entre el ejercicio de la Libertad y la búsqueda de la Verdad.
Así lo ha venido inculcando el maestro a sus alumnos y exhortándolo a sus colegas, a lo largo de más de la mitad final del Siglo XX y continúa haciéndolo en el que ya vivimos. Y así también son sus escritos, en los textos y en la prensa, con la penetrante convicción que trata de llegar a la hondura del interlocutor, sin la intromisión impositiva del dogmático; aunque no recate el fuego que brota de su integridad moral para denunciar la grosera violencia del despotismo; la soberbia impudicia de los cínicos, la taimada astucia de los fariseos; y, en fin, la impávida desvergüenza de los corruptos.
La precisión de la identificación de lo que dice que debiera ser con lo que él mismo es y hace bastaría esta piedra angular de la “integralidad” de su pensamiento con su prédica magisterial y su trayectoria profesional: de la página primera de esta obra que siendo un tratado eminente sobre los fundamentos del ejercicio periodístico, es también la versión de sí mismo que hace el periodista cuya vida es ejemplo de lo que define como: ......”capacidad propia del albedrío para reflexionar y elegir libremente entre lo bueno y lo malo del actuar personal en relación con uno mismo y con el prójimo; este último, a quien a veces se ignora, se desprecia y se ofende”.
Resulta obvio que las referencias al deber profesional, respecto a los demás son proclamadas casi como una rutina de compromiso profesional. Lo que no es usual es que, en primer término, se asuma tal obligación moral «con uno mismo», para, a renglón seguido, reafirmarlo categóricamente:
“Moral como signo externo de nivel cultural; también como orden y respeto a lo debido, para lo que debe ser así y no de otra forma; como garantía de certeza en el obrar; como recapacitación sistemática y habitual acerca del profundo y real sentido de la vida y del papel que nos corresponde cumplir. Y Ética como concepción coherente del quehacer ocupacional inmerso en la cotidianidad. Algunos lo llaman Moral Profesional”.
Es natural, entonces, que un hombre compenetrado con los principios que desarrolla en la vasta erudición que constituye el contenido de esta obra, asume el deber de expresarlos en el Código de Ética Periodística que ha merecido el reconocimiento y comprometido la adhesión de las instituciones gremiales que lo entienden como la norma autoasumida para garantizar a la sociedad que la Libertad es un derecho para todos: para quienes lo ejercitan con conciencia de que es indesligable a los que asisten a los otros; y, en consecuencia, sostener sin la soberbia de quienes se asignan fueros de privilegio, la razonabilidad de la confianza social en su ejercicio ético.
La “Ética Periodística” de Alfredo Vignolo sobrepasa la visión circunscrita a una Libertad de comunicación social para informar de la Verdad o difundir la consistencia de los antecedentes, comprobaciones o fundamentos de su aserto.
Me atrevería a decir que es un Código de Vida; macerado a lo largo de una experiencia de periodista y de maestro que puede exhibir la identificación entre Libertad y Verdad en un concepto que cada quien reclama para sí, pero que muy pocos no tendrán que reclamarlo porque ya les fue conferido: Dignidad.
Honrados por su ejemplo, deberíamos los periodistas proponernos que se instituya, con su nombre, una distinción de honor, “A la Dignidad Periodística”, a quienes hayan demostrado merecerlo
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